William Randolph Hearst, la gran mentira de los medios privados

Desde que se inventó el periodismo, aunque para eso deberíamos remontarnos demasiados siglos atrás, los intereses privados siempre han ido de la mano de la balanza hacia donde se declina la información. Desgraciadamente pensamos que por ver un color u otro en la TV, la información que nos remiten debe, o por lo menos, pretendemos creer que debe ser la verdadera. Pardillos que somos puesto que tras décadas de perversiones periodísticas ya deberíamos saber que las televisiones privadas bailan al son de quien les paga la cuenta de resultados: unas veces los políticos y sus planes de poder, otras, las empresas anunciantes y otras, como no, las de sus propios intereses.


En 1896 España se desangraba por mantener alguna de sus colonias. Tras el avance de potencias como Estados Unidos, hambrientos por colonizar como hicieron con ellos no mucho antes, el tablero mundial dibujaba unos protagonistas nuevos que enterraban a los viejos leones de la precaria Europa. Y entre toda esa confusión y a la sombra de un país enorme que despertaba de la nada, William Randolph Hearst, supo jugar las cartas de una mentira que terminaría provocando la entrada de su país en la guerra de Cuba contra España. Y claro, de paso también Filipinas, Puerto Rico y un buen número de islas y colonias que aún bailaban bajo el manto de la Corona de España.

Me lo recordaba hace un par de noches, Jesús Fernández Úbeda hablando con Jesús Quintero, en la genial biografía que a regañadientes, junto a Julio Valdeón, acaban de desgranar sobre Raúl del Pozo titulada “No le des más whisky a la perrita”. Citaba un recorte que Quintero guardaba desde hacía 50 años, sobre la frase del célebre periodista americano, Edward Murrow, retratado en la película “Buenas Noches, Buena Suerte”, que pronunció durante el discurso para la Asociación de Directores de Informativos de Radio y Televisión estadounidenses: “Como no dejemos de considerarnos un negocio y no reconozcamos que la televisión está enfocada, básicamente, a distraernos, engañarnos, entretenernos y aislarnos, la televisión y los que la financian, los que la ven y que la producen podrían percatarse del error demasiado tarde”. El bueno de Quintero añadió: —ese demasiado tarde, parece que está llegando”.

¿Y cómo se manipula teniendo medios de comunicación?

Hearst, en medio de esas ansias de poder y leña, aprovechó la debilidad que España sufría por la Guerra de Filipinas y de Cuba. Durante el conflicto, los americanos morían por morder un cacho de nuestra manzana y claro, la manipulación alcanzó su máximo exponente utilizando sin reparos la rotativa del papel. Pero no fue el único que inventó esta treta para provocar la guerra contra España. El respetado Josehp Pulitzer, creador del mas prestigioso premio de periodismo, no sólo fue cómplice sino que utilizó también su poder en Nueva York, para terminar de cuadrar la gran mentira que provocó esa guerra. Unos periodistas objetivos donde los haya.

Todo comenzó cuando la Marina de los Estado Unidos decidió enviar a Cuba, al obsoleto acorazado Uss-Maine, en la mañana del 15 de febrero de 1989. La excusa emitida por el gobierno americano era la de salvaguardar los intereses de los ciudadanos americanos en la zona, pero en especial en la isla de Cuba. Lo que no podían imaginar, ni siquiera los marinos americanos era que el barco, la fatídica mañana de invierno y con los españoles agotados pardos años de guerra con Filipinas, ardería y se hundiría en el puerto de la Habana sin entender ni siquiera las razones que habían provocado tal desgracia.


En seguida, todo el imperio de comunicación, tanto de Hearst como de Pulitzer, se lanzaron a la invención de titulares y especulaciones demostrando el poder de la prensa amarilla y en especial, de lo fácil que resulta manipular la opinión de la gente según los intereses que tengan los archi poderosos dueños de la información.

Con titulares del tipo: “Recordad el Maine, al infierno con España” o “El Maine estalló por un torpedo de los españoles”, la opinión publica echaba pestes por lo que en realidad no había ocurrido. De hecho, el problema que hundió al Maine se debió a una convulsión interna dentro de una de las carboneras que fatalmente estaba colocada juntos a los pañoles de munición, convirtiendo al Maine en un amasijo de hierros y fuego que terminó por tocar el fondo de la isla de Cuba, con 262 marinos que perdieron la vida.


Tanto titular, tanta agitación y sobretodo, tanta mala praxis, terminaron por convencer al presidente de los Estados Unidos, William McKinley, de combatir contra España y de quedarse de paso con lo que fueron sus colonias. A los dos meses de este suceso, Estados Unidos entró formalmente en la guerra y dejó anulada a España.


Y es que sus inductores mediáticos, Hearst y Pulitzer, no escatimaron en gastos ni esfuerzos en conseguir el retorno que su ayuda al conflicto produjo. Pronto recriminarían concesiones para sus empresas y demás favores, por la inestimable ayuda en el control de Cuba o Puerto Rico. Célebre se convirtió la frase que el propio Hearst acuñó “Yo hago las noticias” en referencia a que si una historia no era del todo verdad, pues bueno, él la convertiría en verdad.

En estos tiempos que corren creo que más de uno debería recordar que los intereses de los grupos de comunicación, generalmente, sólo van enlazados a su cuenta bancaria, digan la verdad, la inventen, o directamente, pinten un escenario que sólo ellos fantasean con que ocurre. Los Hearst y Pulitzer de entonces, aquí se llaman Vasile, Mauricio Casals, Ivan Redondo, Ferreras, Xavier Fortes, Ana Pastor, y todo ese elenco de genocidas informativos que nos dan de beber cada día. Esto no va de ideologías, no, sino de tener dos dedos de frente y saber contrastar la información que te enlatan, el como preparan los cortes de informativos, lo que te dicen, te pretenden enseñar y, lo peor de todo: lo gilipollas que piensan que somos.


Anda, pongan ahora la TV para que les digan lo que deben pensar.

36 vistas
 
  • Facebook
  • Twitter
  • Instagram

©2020 A. J. Ussía