Sapos, babosas y monte

¿Se imaginan nacer en otro sitio distinto de donde cayeron al mundo? ¿Otra familia, otra ciudad, otra vida?

Bien, pues es importante de vez en cuando hacer ese ejercicio de empatía hacía lo que es menos común a nuestro primer entendimiento. No cuesta demasiado, tan sólo es un pequeño esfuerzo, venga, no sean ustedes perezosos. Creo que evitaría más de una gilipollez.


Pues bien, una vez un poco mas integrado en este ejercicio de pura normalidad, váyanse a Potes, corran ahí, en medio de Liébana. Si no lo conocen es sencillo imaginarlo: un valle inmenso, rodeado de pared por los cuatro costados, por riscos enormes de piedra que parecen tocar el cielo y que de noche levantan aún más sus inmensos gigantes, y que parecen protegerte o acojonarte del todo. Añadamos a esta mole de piedra y roca, un clima hostil, invierno en nieve y la fauna rugiendo, ya sean osos, lobos, o enormes tudancas que llenan de pasto verde su carne. Hay alubias y salmones, ríos, rocas y es todo valle, es medieval y es santo, porque no está lejos el trozo de madera que sostuvo al hijo de Dios, como dicen muchos.


Pero son los años 50, después de esa Guerra Civil que llegó tarde, mal, y que todavía hoy resuena a rencor y venganza. Y allí, entre hambre, pobreza y mucho odio, Juanín Fernández Ayala, Juanín, comenzó a escribir su historia, a sangre y tinta de limón, entre el monte, los escondites, las cuevas, el bosque, el frente y lo que será para siempre: la vida del emboscado.


Piensen, reflexionen y vislumbren que hubiesen hecho ustedes, yo al menos sé de sobra que no habría tenido tantos huevos.


Y en estos tiempos que corren con venenos de sapo y chamanes de infarto, de manifas y pandemias y de tontos con poder, uno piensa y extraña en cierto modo aquellos ideales de hombres y mujeres que con menos palabras y más hechos, demostraron que eran personas valientes.

Pronto verán ustedes las razones.

Nos vemos en Cuento del Norte.

Aj Ussía





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