Murasaki Shikibu, la primera novelista de nuestro tiempo.

Artículo publicado, por el día de las escritoras en tu otrodiario.com el 19 de octubre de 2020


En Kioto en el año 978 nació la que vendría a ser la primera gran escritora del mundo oriental: Murasaki Shikubu. Pertenecía a uno de los linajes mas valorados y nobles de la época Heian. Hija de Fugiwara-no-Tametoki, funcionario del imperio y un hombre culto que a su vez era hijo y nieto de importantes poetas y hombres que cultivaban las artes, Murasaki fue una mujer distinta, desde el primer día que pisó el lugar.

Estudiaban el chino, lengua oficial, pero también las raíces del japonés e incluso del budismo, originado en la India durante los siglos V. Y VI. d.C y por tanto, la pequeña Murasaki que venia a ver la luz en el cambio de milenio, trajo consigo un importantísimo legado que supuso, por primera vez en la historia, el ser la primera escritora en hacer una novela moderna. Aunque también trabajó otros estilos, como la poesía o el ensayo. Pero no fue la única en esos años, pero sí, la mejor.



Su infancia fue distinta a las de otras niñas de la ciudad de Kioto. No se tenía por costumbre ilustrar o educar a las mujeres, puesto que una sociedad polígama o corrupta, siempre prefiere tener poco culturizado al débil. Pero no iba a ser este el camino de una niña nacida al éxito que la cultura provocó en su linaje, por lo que desde que asomó al mundo, Murasaki recibió la mejor educación que pudiese encontrase bajo las fronteras del imperio del sol.

Al poco tiempo, su padre fue nombrado Gobernador de la provincia de Echizen y conoció al que dos años después, en 999 se convertiría en su esposo, Fugiwara-No-Nobutaka. Tuvieron dos hijas pero una epidemia acabó a los tres años con la vida de él, dejándola viuda y completamente decidida a dedicarse, en cuerpo y alma, al estudio y educación de su familia.

Durante los tres primeros años que duró el trágico duelo, Murasaki no dejó de escribir y de mejorar su técnica narrativa. Escribía diarios, poesías, y trataba de reflejar en sus palabras lo que la propia crudeza vital le había enseñado. Tenía crítica y por supuesto, la agudeza de saber extraer lo injusto e incorrecto dejándola como la primera exponente del costumbrismo social del que después tanto ha bebido la literatura.

El Primer Ministro Michinaga en seguida se fijó en su dotes artísticas y comenzó a financiarle la producción de sus obras. Debemos tener en cuenta lo importante que supondría su fama, no sólo en la corte imperial sino también en las esferas de la cultura, representadas entonces en la nobleza y en los funcionarios públicos.

De todas sus obras cabe destacar la famosísima Genji Morogatari, conocida como la Novela de Genji y considerada la primera novela moderna del mundo. Compuesta por 54 capítulos y una extensión de 4.200 páginas, ésta obra narra las aventuras de un príncipe ficticio, Hikaru Genji o “Príncipe Radiante”, dónde desengrana la sociedad imperial del Japón con muchísima mano izquierda pero sin dejar de ser plenamente contundente. Tiene un carácter pre existencialista dónde plasma el vacío y la falsedad de la aristocracia, poniendo el dedo en el ojo de la poligamia, de los derechos de la mujer y de la falta de moral que rodeaba el lujo. Todo un elenco de revolución dentro de una delicada narración, sutil y determinante.



Puede que el Quijote se escribiera 605 años después, pero sin ánimo de nada debemos colocar en su lugar la revolución que conquistó ésta proclama de la sociedad japonesa del S.XI.

Tras el éxito cosechado, la buena de Murasaki fue demandada a la corte como dama de compañía de la emperatriz Akiko, esposa del gran emperador Ichigo. Allí fue donde más pudo escribir y crear, dado que era la Corte la principal promotora de la cultura y del arte. En estos años de pompa y palacio, Murasaki escribió sus diarios y mucha poesía, que quedó para siempre inmortalizada al ser incluida en la famosa lista de “Los 36 inmortales de poesía”, que el gran poeta, Fugiwara-No Kintó, recopiló en el S. XI.

Sus obras se distribuían por todas las provincias de Japón y pronto serían reeditadas e ilustradas por los mejores estampitas del imperio convirtiéndola en inmortal.

Durante los años de corte, mientras las muchas damas que la componían se cruzaban en historias y leyendas de camas y bodegas, Murasaki destacó por ser una mujer que guardaba la memoria de su difunto marido hasta el extremo de la soledad. No participaba de la degradación ni de ocupar el lugar de dama de compañía con “nobles” o príncipes, sino que pasaba sus horas leyendo, aprendiendo y escribiendo.

Al morir el emperador Ichigo en el 1011, Murasaki aprovechó para volver a Kioto con su padre, que dejaba al mismo entierro su puesto de Gobernador de Echizen y es entonces, cuando sufre su segunda gran pérdida, que la denostó a una pena tan grande que acabó falleciendo junto a su otra gran compañera de vida, la soledad, a los pocos años en 1013.

No fue la única precursora en la artes en esos años, también se encontraba por ejemplo Sei Shonagon, pero la importancia de Murasaki no es sólo por ser una mujer de palabras, que diría Delibes, sino porque con su narrativa se pasó de contar cuentos a denunciar hechos, y este dato, sí que me obliga a colocar su nombre, en nuestro peculiar podio de mujeres extraordinarias.


Qué mejor día para saber de ella, que en el día mundial de las escritoras.

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