Intro de Cuento del Norte

Los inviernos en el norte de España son duros, fríos y con mucha agua. Llueve del cielo y también a veces, llueve desde la costa porque el mar tiene días que es fuerte, inmenso y monstruoso. Sientes la bruma en la cara y se te llena la napia de sal; sal que te envuelve el olfato, la boca y te cala hasta las trancas. Todo cierra temprano: las ventanas de las casas, las puertas de los corrales, los colmados, los chismes; y lo hacen pronto porque la noche es oscura, larga, lenta, y siempre es mejor quedar cubierto temprano pues el viento sí sopla, ruge, e incluso puede llegar a romper en tardes como ésta. También suenan las hojas de los arboles, agitadas por la tempestad que las mueve desde el oeste, siempre con agua en sus nubes cuando pasan. Y la sueltan cuando recorren el cielo de estos prados, de estos montes verdes y salvajes, eternos en sus valles, recogidos en el horizonte que de nuevo se hace oscuro, tan pronto por el invierno. Sólo de vez en cuando se interrumpe el silencio con el cencerro de alguna Tudanca para que el dueño sepa por dónde sigue comiendo. Y se deja escuchar cuando camina por el pasto que al caer el sol vuelve a estar mojado y por ende brilla tan verde. Hay cierta niebla cuando la cresta de la montaña perfila la entrada a lo salvaje, a lo misterioso, y es allí donde comienza nuestra historia, cuando de pronto, el sonido de un silbato interrumpe la calma del pueblo de Carrejo, que une Cabezón de la Sal con la entrada del Parque Nacional del Saja y que para las cuatro de la tarde ya apenas tenía luz que mostrara lo que se avecinaba.

Pero el silbato se repite y está llamando al orden: algo se cuece, algo pasa. Le siguen pasos pero no unos cualesquiera, sino los pasos coordinados y firmes de más de treinta agentes de la Guardia Civil, que suben en formación, trotando como en marcha de guerra hacía una batalla que parece tendrá lugar en breves momentos. Sus sesenta botas casi corren hacía la entrada del monte y dejan anonadados a sus pasos, a los niños que para esa hora salen de la escuela del pueblo. Y es que la formación de números; vaya escuadrón: con sus capas y tricornios, con sus rifles y subfusiles, y esa lluvia comenzando a caer y a mojar sus capas, como si tratara de ayudar a los maquis en su huida: en su monte. Y esto hace que coja un matiz místico, un aura que rodeará para siempre aquellos hombres que no se dejaron vencer, a los que no admitieron la derrota: a los del monte, como les llamaban. Unos decían que eran héroes y otros les tildaban de simples robagallinas, pero esos niños estaban viendo con sus propios ojos la guerra, la que no vivieron, y aquella tarde de 1943 les quedaría para siempre marcado en su memoria. Porque ya fueran héroes o villanos eran unos hombres valientes, y eso se veía en las caras de los agentes de la Benemérita, brillando de un miedo que en sus ojos les hacía dudar, mirar al sueño e incluso rezar, si había Dios por alguno de sus almas, que lo había. Pero subían a combatir. Y contra los maquis. Joder los maquis, decían.

El maestro, Don Abelardo, salió veloz al paso de los primeros chiquillos que gritaron al ver la formación de la Guardia Civil: —¡Van a por los del monte!, dijeron los primeros, —son de la Brigada Machado!, decían los más mayores. Pero sí la Guerra ya terminó, pensaba un chico. No para los maquis. Le contestó uno de trece años, que cerrando el puño con fuerza parecía querer salir a combatir con ellos, porque su tío le contó lo de un tal Juanín, que seguía Preso en la Tabacalera de Santander y que era de Potes. Y que ni tan bueno ni tan malo.

Al llegar a la puerta de la escuela no dudó meter de vuelta a los niños que se agolpaban viendo el espectáculo. Él, que sí había visto la guerra, sabía que el plomo mataba y que el mero hecho de mirar podía suponer una sentencia final, así que trató de cerrar la puerta metálica de la escuela con la llave, cuando lo paró uno de los números de la Guardia civil allí desplegados:

—Meta a los niños en la escuela, maestro, inmediatamente.

—¿Qué ocurre, guardia?

—Son los maquis. Están ahí arriba, vamos por ellos. Por favor, no salgan.

—Eso haremos. Dios les guarde.

—Dios nos guarde a todos, maestro.

Al pasar el silencio llenó el pueblo entero. Parecía como si al paso de los guardias, un manto de cerrojo y mutismo hubiera sellado ventanas y portones, colmados y fraguas, incluso los ojos de los más indiscretos o valentones, que por aquí hay mucho de los dos, pero no cuando el frente volvía al recuerdo reciente y dejaba erizada la piel de los que no eran críos. Por eso todo callaba, hasta la Tudanca que ya tumbada, anunciaba un cambio de tiempo temprano, quizá a la noche tras el silencio que ahora parecía contener una bomba apunto de estallar. Ya no se veía a los guardias, tan sólo a dos que aguardaban firmes bajo la lluvia junto a los camiones que trajeron al destacamento de Torrelavega, puesto que según habían recibido en la denuncia que los mandó para acá: la Brigada de Ceferino Machado, compuesta por más de cuarenta maquis peleaba hasta morir. De ahí las caras de sus compañeros cuando hacía veinte minutos se metían por ellos al bosque, a su escondite natural: a su terreno.


La impaciencia por lo que estaba por venir, rebotaba por dentro en cada vecino, aguardando lo inevitable, esperando pero destinado a ser trágico por momentos, por pequeños instantes que están por suceder y romper la enorme presa de tensión que levantaron al entrar en Carrejo. Y los niños asustados, miraban a Don Abelardo tranquilo dentro de esta locura espesa que estaba por romperse, pero éste viejo maestro, natural de Potes, sabe que los maquis no hacen daño por hacer y sólo obliga a los niños a que se alejen de manera prudente de las ventanas, pero sólo por si una bala perdida viene a romper lo que en realidad es poco probable que pase. Y es que Don Abelardo no le dijo al guardia que Ceferino Machado es su primo segundo y que dos horas antes que aparecieran, estaba él mismo en persona llenando sus morrales en la cocina de la escuela, y que probablemente los viera algún vecino del pueblo y que ese mismo vecino después llamaría al cuartel de la Guardia Civil de Torrelavega, para que vinieran por ellos.


Pero el silencio se terminó por romper.


Las cuatro primeras ráfagas de metralla sonaron sobrias, cortas, con destino al monte por la distancia del recorrido, pero se notaba que salían de las armas de la Benemérita, porque a esas cuatro las siguieron doce o quince armas que continuaron disparando. Y cuando siguieron con la segunda ráfaga, ya sonaron descoordinados, como si recargaran las armas de uno en uno, a distintos tiempos y dejando la fortuna del siguiente balazo sólo a los más aplicados. Y cuando terminaron de vaciar los cargadores en esta segunda ronda, volvió el silencio, expectante y sordo, mudo, roto.


Y entonces retumbó la montaña.

Los maquis llevaban, siempre y cuando el suministro lo permitía, dos granadas de mano que usaban en caso de necesitar contraatacar y evadirse del campo de batalla, tan rápido como el susto natural de los guardias por agacharse en las detonaciones, les permitía aprovechar para emprender la huida. De esta forma, sonaron una tras otra, más de treinta bombas con tan sólo uno o dos segundos de diferencia entre cada una de ellas. Parecía un auténtico frente de guerra en medio de esa noche que había dejado de sonar para enseñarle a la comarca entera el crudo combate que se cocía en el monte, cerca del barranco de Santiesteban, por la distancia y el eco de las detonaciones. Les siguieron varios disparos de metralletas Sten, que los maquis habían conseguido de los rusos cuando les armaron para la Guerra Civil, y que todavía conservaban en las bodegas de algunas casas de la comarca.

Después, un silencio, corto, tenue, rápido y otra vez, las armas de la Guardia Civil, disparando hacia la pared inmensa y verde que se eleva hacia San Vicente y el Saja, hacia las montañas que separan el mar y la tierra y en esta hora, la vida y la muerte.

En seguida, un ir y venir de coches y camiones sucedió a los disparos. Se escuchaba el silbido del capitán de la Benemérita, pitando una y otra vez en dirección al Saja, mientras que comenzaron a bajar algunos números, que heridos por las balas de los maquis, sonaban angustiados y doloridos en sus quejas. Habían salvado la vida pero se llevaban en la carne el plomo de aquellos hombres que llevaban cuatro años plantando cara a la derrota. Muchos padres se agolparon en la puerta cerrada de la escuela de Carrejo, mientras continuaban las entradas y salidas de los Land Rover que rugían escopetados en dirección a Cabezón de la Sal.

—¿Viste cómo subieron los guardias?

—Te dije que era serio.

—¿Crees que mataron a Machado?

—Mira tú mismo —contestó el chico de diez años, ante la ventana de la escuela.

Los dos alumnos giraron entonces las cabezas en dirección a la entrada del monte. Desde allí, una camilla sujetada por cuatro guardias llevaba al capitán de la Guardia Civil de Cabezón de la Sal, Rubén Alvarez Estrada. Le habían volado una pierna entera al explotarle una de las granadas de mano que los maquis lanzaron en su evasiva y efectiva respuesta. Aún estando dentro de la escuela, los alaridos de dolor penetraron en los alumnos de la escuela, incluso llegaron a temblar sólo de ponerse en su pellejo.


El maestro también escuchó el dolor del capitán y trató de evitárselo a los chicos, que para ese momento y para el restos de sus vidas sabrían el sonido del dolor, del pánico, del mutilado. Entonces, todos los alumnos callaron. Pero sólo hasta que todos se marcharon.

Cuando por fin Don Abelardo les permitió salir a la calle, los vecinos llenaban las calles y las madres registraban aterradas los rostros de cada niño con el que se cruzaban. Agarraban con fuerza el flaco brazo del que aún no siendo suyo, fuera pariente o vecino que para el caso, madres eran de todos los niños, aunque fuesen menos niños tras lo vivido allí. Éste es mío, éste no, entre el ajetreo y los testigos, lo ocurrido comenzaba a relatarse de hechos a hechizos que parecían haber llenado las almas de todo aquel que andaba por Carrejo. Machado decían, Machado, pensaban; Machado era todos esos niños y la leyenda del maquis se adueñaba de las ilusiones y de los juegos de patio, de estos años 40 que vislumbraban la única resistencia al poder de los sublevados.


Ya de noche, los relatos de lo ocurrido rozaban lo fantástico, lo imposible. Al parecer, más de cien guardias trataron de coger a Machado y a los suyos pero claro, se llevaron plomo de los emboscados, puesto que los montes y los helechos les hablan, ayuda e indican, y eso sin contar lo que dicen en Torrelavega,


¿y qué dicen?— que Machado, con sus propias manos reventó la pierna del capitán.

Y pasaron quince años.

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©2020 A. J. Ussía