El Pirri

Tiene la calle algo que huele a vida y muerte al mismo paso. Y de noche, las esquinas oscuras, los portales cerrados, las tiendas y escaparates llenos pero mudos; los bares, los taxis que dejan, y la gente que entra en sus casas, para hacer lo que cada cual hace, que hay de todo y de todo se hace, claro. Y lo que se ve por ahí, que quieren que les diga, me parece que todo es un poco peor que antes, como más hueco, algo más vacío, como sin fondo.

La gente que te cruzas al andar tiene menos hambre y menos empatía también, y no es por que sean de fuera, que en Madrid todos los somos, sino porque nunca han entrado del todo en esta ciudad y porque tampoco han tenido nunca hambre. Y quizás de ahí venga el problema.

-¿Y cuál es el problema?

-¿Y tú me lo preguntas?

-El problema eres tú.

-¿Cuál dices?

-Que somos tontos.

Pero el "Pirri" era todo menos tonto.


Desconozco si sigue vivo. Si lees esto, Pirri, me habrás decepcionado, pero en el fondo me alegro. Y lo hago sin duda por la nostalgia de un tiempo mejor, o por lo menos que yo recuerdo mejor. Aunque bien anotado lo dejó Sabina, "al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver", aunque sea por sí las moscas. Pero en Madrid, que tiene muchas moscas, siempre vuelves a pasar por algún sitio donde en mayor o menor medida, fuiste feliz.

Malasaña es un barrio que todo gato abraza al destetarse. Es la puerta de entrada para salir de casa, el primer botellón en dosde y un chupito con limón y sal. Malasaña es la historia y la pizarra, la escuela de la calle y el primer susto del yonqui que te encontró al salir de un parking. Es una pota subiendo la escalera del baño del Penta, y es también un chino sentado en una caja vendiendo arroz con pollo, porque en Malasaña, como en el resto de Madrid, siempre se ha podido llamar al chino , chino, al negro , negro, y al gay, marica, y nunca pasaba nada. Ahora en cambio, si dices chino eres racista, si dices negro te decapitan, y si dices marica te demandan. Y por eso dudo que el Pirri siga en Malasaña, puesto que se habría bajado a cuchillo a esta prole de sub normales que no habitan la calle, éstos que ni siquiera la huelen y sólo pretenden ordenar hasta la forma de salir de casa, el cómo se debe pensar y aunque ellos hagan lo que les salga de los mismísimos/as, (que no tengo dinero para demandas), también lo que debemos hacer.

El Pirri vivía la calle, esa que de noche es perversa y llena de oportunidades para alguien como él. Era de los que volvían con más monedas en el bolsillo y siempre haciendo el bien, o casi siempre, porque alguna vez le dio el palo a alguna cara nueva que aparentaba opulencia por el barrio, aunque al volver a verle dos días después, se acercara a disculparse por no tenerlo fichao, que le decía. Pero eso fue cuando la gente con viruta comenzaba a ver la zona de Fuencarral, como el lugar de las oportunidades.

Entonces, o por lo menos cuando el Pirri pululaba, San Ildefonso era la plaza de los yonquis, la calle Barco apestaba a pis, y en Corredera Baja se conseguía cuarto y mitad más barato, porque un negro le había volcado a un iraní el burro. También te podía caer una Bang & Olufsen en la cabeza, porque Andrés Calamaro no tenía paciencia para encenderla, y desde ese mismo balcón se veía el Palentino con su mezcla de comerciales, mendigos, vecinos de toda la vida, agentes inmobiliarios y cantantes, poetas haciendo ver que sufrían y hasta alguna puta que se acercaba a tomar café antes de volver a La Luna, a la de la plaza, claro. Con ese olor a tabaco mojado y el suelo lleno de servilletas y huellas, de recortes y migas, de cabezas de gamba roja -que diría Umbral-; todo eso era Malasaña. Y entre toda esa gente, entre todo ese abanico de bohemios, viejos y viejas, el Pirri era querido por todos y cada uno de los que pasaron los ochenta y noventa por allí. Seguro que a su hermano aún le recuerdan, siempre pidiendo alguna monedita, con unas maneras extremadamente educadas y dos muletas por piernas, ya que andaba falto de ambas y eran su principal gancho para recaudar.


Pero el pobre, con su tara, era lento en volver del recado porque Jesús del Valle y Corredera Baja son cuestas infernales para subirlas a muleta y ahí el Pirri, que tenía hambre y humildad, subía y bajaba las pendientes del viejo Madrid en busca de los más variopintos encargos como un rayo, saludando a galope allá por dónde rodaba: y ¿qué dice Pirri?, le decía el pescadero, aquí, currando, contestaba apurado, ¿qué si de la que vuelves me traes una chinita?, pedía el frutero, dos talegos por adelantado, que el moro no fía, le gritaba bajando por la calle Pez. Le dejo aquí la bolsa, señora, saliendo de la cocina de la buhardilla de Amaniel, que si toma Pirri, espera, no te lo gastes en alcohol, anda, y el Pirri sonreía, y agradecía solemne bajando la cabeza, a su reina, a su Paquita, a la anciana encantadora que le da mil pesetas por subirle la compra cada semana. De nuevo en la calle, oye Pirri, ¿me consigues un poco de farlopa?, le dice el dueño de un restaurante italiano en Barquillo. Y el Pirri, que usa tres micras del gramo para venderlo como medio, sabe de un turista que se aloja en la pensión de Ballesta, que al ser viernes igual lo paga a cinco mil. Entonces, corre a cenar con su hermano y su madre al Salvador, que verás mama la merluza que te paga el Pirri. Pero Julián, el hermano de Salvador, al ver entrar al trío por la puerta, corre a montarle la mejor de las mesas porque su hija Marta le ha contado, que cuando le tiraron el bolso dos noches atrás, ese rubio callejero que está siempre donde la Iglesia del Carmen, les corrió a golpe de faca media calle La Palma y acompañó hasta Chueca a Martita. Y en deuda con el pillo, toma Pirri, este es el mejor vino de la casa y por supuesto, estáis invitados a todo, y él que salía y entraba, Pirri arriba, Pirri abajo. ¿Qué me dices de tu Pirri, mama? Y el Pirri que sonreía.

Dicen que cuando murió Enrique Urquijo, mientras la científica fotografiaba el portal de la calle, un comisario de Leganitos supo la puerta del tercer piso donde encontraría al camello que bajó al genio ya muerto desde su casa, al dichoso portal, mientras pagaba la consumición del Pirri en el Moreno, que estaba en la calle Colón y que albergaba entre sus fieles, a polis, yonquis, putas, taxistas, tenderos, vecinos, y de vez en cuando, alguno que se equivocaba al entrar. Ahora es una tienda de zapatos. También paseó su fama en los bajos del Labo, donde los Rodriguez tocaron por primera vez allá por 1989. El Pirri allí subía y bajaba las escaleras del Labo, sirviendo copas los días de bolos, y después en el camerino se codeaba con todos, y siendo más auténtico que los que allí paraban. Que si vente Pirri, que si vamos Pirri. Todos querían al Pirri.


Recuerdos de un Madrid que añoro y veo que no cabe dentro de las nuevas leyes de la ciudad. Hoy en día, el Pirri habría recibido un palizón de cuatro lating kings, pero en su época, tres habrían muerto antes de salir de la calle Amor de Dios. Y no muertos por el Pirri, sino por el tendero, la farmacéutica, el pescadero, Julián, el del Salvador, el dueño del Moreno, un policía, alguna lumi, y un gran etcétera que hoy día no habrían tenido más agallas que para cerrar con doble llave la puerta de sus casas. Esto es lo que nos ha traído la globalización, eso sí, a través de Glovo, no vayamos a perder tiempo en caminar cinco minutos de cuestas, que ya no está el Pirri, hombre.

Porque todo es un poco peor que antes, como más vacío y sin relleno, les decía al principio. Así que no pierdan la esperanza, salgan y busquen de nuevo al Pirri. Sacudan el polvo de sus chupas y no se olviden de lo que fueron. No era ni bueno ni malo, ni grande ni pequeño, ni rico ni poderoso, pero el Pirri era nuestro.

No cometan la torpeza de olvidarse de donde vienen.

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©2020 A. J. Ussía