El pintor de los falsos antepasados


—¿Y cuándo dice que lo tendrá listo, señor…?

—Jimenez, señora, Nicolás Jimenez.

—Entonces, ¿cuándo, señor Jimenez?

—Un mes.

—Lo necesito para la cena de inauguración de “La Albaricoquera”, la casa nueva de Puerta de Hierro.

—¿Qué día es esa cena?

—La semana que viene. Ya están colocando el jardín nuevo.

—Eso es imposible.

—Le pagaré el doble. Nada es imposible con billetaje.

—Pero aunque me pague el doble, señora, que se lo agradezco por su enorme generosidad, no podré tener el doble de manos.

—Pues pida ayuda para tenerlas.

—No tengo ayudante, señora.

—Pues le pagaré para que contrate un ayudante.

—No necesito un ayudante.

--Si lo necesita, si quiere entregarme a tiempo el encargo.

—Pues no aceptaré el encargo, señora.

—Pues moveré la cena.

—Creo que será mejor opción.

-¿Un mes necesita, dice?

—Así es.

—¿Aunque le pida hacerme un antepasado muy antiguo?

—No por ser más antiguo, señora, tardo mas tiempo.

—Pues me gustaría algo de la época de los Reyes Católicos, algo así que sea muy importante, como de la toma de Granada.

—En esa época, señora, casi todo lo que se pintaba era importante.

—Pues invéntese no sé, una especie de ayudante especial del rey Católico?

—¿Un ayudante muy estrecho, señora?

—No, no, al revés. Mas bien gordo. En mi familia siempre hemos sido grandes.

—Bien. Mejor.

—¿Sería posible que me sacara el lado izquierdo de la cara?

—Sin problema.

—Pues empiece, empiece; a ver si pasa rápido este dichoso mes.

—Muy bien, señora. La avisaremos cuando esté listo.

—¿No me decía que no tenía ayudante, señor Jimenez?

—Es una secretaria, señora.

—¿Y no pinta?

—No.

—Pues vaya secretaria.

—Es mi madre.

—Hasta pronto, señor Jimenez.

Al salir del estudio, Nicolás volvió al encargo que tenía por terminar. Este otro trabajo representaba a un señor calvo, terriblemente redondo, enrojecido de mofletes y con una enorme frente ancha y desierta. El cuerpo, que casi ocupaba el marco entero, dejaba ver dos pequeños brazos que apenas llegaban al centro de la tripa, donde se tocaban las puntas de los dedos disimulando el esfuerzo de alcanzarse. El cliente había elegido un discreto traje oscuro y corbata fina con cuellos altos, de finales del S.XIX, con una cadena de oro vista que rompía la solemnidad del óleo y sujetaba un enorme reloj redondo que el retratado disimulaba consultar. Era el encargo de un frutero de Murcia, que acaba de comprar el Palacete de San Mateo, para hacerse un capricho, que decía.

Trabajó hasta terminarlo, atento, con su cuidado ritmo, lento, seguro y fino. La concentración era gran parte de su éxito pero era su pulso, inmóvil e inerte, lo que le convertían en el mejor retratista de la ciudad de Madrid. Pero claro, ya nadie se retrata, acaso sólo aquellos que pretenden aparentar y por esta razón, Nicolás había descubierto una mina de oro en los nuevos ricos que se inventaban antepasados para darle mas pompa a su ego.

—Así funcionan las cosas, querido. Pinta y cobra caro —le dijo un buen amigo, dueño del anticuario que comenzó la farsa.

Resulta que el bueno de Alejandro, como buen anticuario era amigo de las viejas. Ellas solían ser las principales proveedoras del material que vendía en su tienda de Chamberí. Por eso, candelabros, lámparas, cristales y jarras de Sèvres, bandejas de plata y huevos de faberge, llenaban las mesitas y estanterías que conformaban ese mundo de todos y de tantos, allí mezclado y alborotado, con piezas de salón de té y de biblioteca palaciega. Pero un día, una señora de edad avanzada pero corta, decidió llevarse de la pared del anticuario un cuadro que representaba al antepasado de alguna de esas viudas, que supo embaucar la maestría amanerada de Alejandro. Y ante su estupor, dos semanas después, convocado en la cena del Palacio de San Andrés, vio el mismo retrato que había vendido a la señora, colocado en el centro de la pared del comedor, con la solemnidad del antepasado glorioso que participa en la velada.

—Buen retrato, señora —comentó discreto Alejandro

—Mi bisabuelo, don Alejandro, Consejero Real de Alfonso XIII.


Así que Nico, majo, hazme caso que tienes ahí el filón. Y Nico caso que hizo.

—¿Sabe usted quién fue el descubridor de las Américas, Don Nicolás?— le dijo uno; —de esa rama quiero que seamos…—sentenciaba.

—¿Qué me dice de Luis XIV??—preguntó otro; —siempre fuimos afrancesados en mi familia— se inventaba ante su asombro.

—¿Conoce usted al Papa?— le llegó a pedir una señora.

—Le conozco, pero no debería tener descendía alguna. Es el Papa, por favor—contestó aterrado.

—Si lo es sí, pero bueno, antes de ser santo fue humano, señor Nicolás.


Así que no tuvo más remedio, tras comprobar el grosor del sobre que había depositado en su pequeño escritorio de madera, de aceptar el encargo y tratar de enlazar con su arte, la nariz de Ratzinger con la de la esposa de un flamante constructor de Marbella, que en sus cenas sociales hablaba de Nuncios, santos, santas y de su reciente nombramiento como Embajadora del Vaticano, cosa que nadie se atrevía a comprobar, gracias al buen hacer de Nicolás.


Y joder con la gente —pensaba el bueno de Nicolás, pero total, bien me lo pagan.


Y es que algunas historias son enterradas por los mismos que las crearon. No vaya a ser que alguien encuentre lo del retrato falso, o al que lo hizo, o peor aún, al que pagó por tenerlo en la pared.


Quién sabe si usted mismo está ahora delante de uno de los cuadros de Nicolás, que se calcula que pintó entre cien y ciento veinte mentiras de pompa y platillo, a lo largo y ancho del viejo Madrid.


Él todavía vive y pronto os contaré su historia.


Quizás sea vuestra madre una clienta de Nicolás Jimenez.


Y ni siquiera lo saben.

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©2020 A. J. Ussía