Biografías Extraordinarias II : El perro Paco

El perro Paco    ( ? – 1882 )

El Madrid de perro Paco era pequeño y costumbrista. Una ciudad, que entusiasmada de sus tradiciones se dejaba llevar por la armonía de los cafés de tertulias y los restaurantes castizos más de moda. Navegaba por entonces el mismo aura bohemio y desenfrenado que hoy la habita, pero en su timidez, más canalla que pendenciera se encontraba el escenario de los duelos, de los villanos y de la fiesta popular. Carruajes de caballos se cruzaban en las calles con los tranvías y sus chillidos, y en cada esquina, un fulano te vendía castañas asadas mientras otro te gritaba que compraras La Ilustración, donde las crónicas de la ciudad de Madrid, te hablaban de toros, estrenos y política, de un Rey y una patria, de unas Indias y un pasado aún glorioso en la memoria de los más viejos. Madrid, era como es hoy, una ciudad en movimiento.

El día de San Francisco de Asís de 1879, y no antes por completo desconocimiento, tenemos la primera constancia de nuestro protagonista, que sería para siempre recordado en la memoria y en las crónicas periodísticas de la época.

Era una noche fría, como el octubre antiguo de Madrid, en la esquina de la calle Alcalá con la de Virgen de los Peligros. En el siglo diecinueve se encontraba en ese lugar el emblemático Café de Fornos, considerado de los más tradicionales con los que contaba la capital del Reino por entonces. Hoy es un estupendo Starbucks que contribuye a que tengamos la misma historia que Estados Unidos. A él acudían a diario a comer desde políticos a nobles, periodistas o simplemente paseantes de un Madrid, célebre de entusiasmo. Aquel día, el marqués de Bogaraya, Don Gonzalo Saavedra, habitual del Café de Fornos y que posteriormente fue alcalde de la ciudad, estaba comiendo cuando recibió la visita inesperada de un perro, que se había colado por la puerta del restaurante. De color negro y aspecto callejero, aquel perro demostraba apariencia de tener hambre y el marqués, entre la simpatía y la pena que le produjo su nuevo acompañante, pidió que le sirvieran un pedazo de carne al raquítico perro, que entusiasmado, lo comió al lado del marqués. Al terminar la comida, Saavedra brindó con su último vaso de champán al tiempo que derramó sobre la cabeza del perro unas gotas, bautizándole con el nombre de Paco, en honor a San Francisco de Asís, que además de ser su día, era y es el patrón de los animales.

A partir de ese día y dado que el marqués de Bogaraya era un habitual del Fornos, Paco comenzó a convertirse en otro asiduo, dado que acompañando al marqués, se le habrían las puertas con la misma facilidad que a su protector.

Poco a poco, Paco comenzó a tener más y más presencia en el Fornos, donde, con o sin Saavedra, se dejaba caer allí tanto a la hora del almuerzo como de la cena, alternándolo con el Café Suizo, que se encontraba en la esquina de enfrente. Los demás clientes comenzaron a sentir la misma simpatía por Paco que éste por ellos, y se convirtió en algo muy común encontrarse a Paco sentado en una mesa, sobre una silla igual que el resto de comensales, disfrutando de un plato de carne mientras sus compañeros de mesa disfrutaban del mismo menú. Incluso se hablaba de los buenos modales que Paco demostraba al comer, ya que era pausado y limpio en el chantar.

Tras su éxito como compañía habitual en los cafés, Paco comenzó a trabajarse  los comerciantes y  transeúntes del centro de Madrid. Simpático y juguetón, supo muy bien como meterse a toda la ciudad en el bolsillo, e incluso fue muy respetado por policías y conserjes de la urbe, quienes le dejaban campar a sus anchas y le abrían todas sus puertas.

El apogeo de Paco comenzó cuando se empezaron a escribir crónicas sobre sus andanzas. José Fernández Bremón para la Ilustración Española y José Ortega, director de El Imparcial, fueron los primeros y los que más tiempo dedicaron a la mascota de la ciudad, convirtiéndole todavía en un ser más y más famoso, provocando que, si alguien aún no había oído hablar sobre el perro Paco, supiera y lo hiciera tan suyo, como lo sentía el pueblo de Madrid. Tanto, que Paco intentó ser adoptado por muchas familias de la época, pero él mismo se negaba escapándose y volviendo a sus calles.

Tras unos meses, Paco decidió pasar entonces a ocupar un plano mucho más importante en la vida social del Madrid más castizo, ya que se convirtió en un habitual de estrenos de teatro, del circo, e incluso de conciertos y bailes. No había puerta ni espectáculo que le negara la entrada a Paco que, como una celeb de hoy en día, se le procuraba bienestar y atención, incluso por el miedo que provocaba en algunas personas rechazarle por temor a las críticas. Paco era el rey de la ciudad. Se escribían canciones en su honor y hasta se editó un diario con su nombre.

El actor Enrique Chicote pronunció la siguiente frase al respecto : – Cuando el perro Paco asistía a un estreno, si los chistes no tenían gracia lanzaba un lastimero aullido, entre las carcajadas del público, que premiaba al simpático chucho con una gran ovación-

Felipe Ducazcal fue un gran amigo de Paco. Este empresario del teatro de la época, fue un bohemio vividor que pasó muchas horas con Paco corriendo por el parque del Retiro, en la Rosaleda que era donde que más le gustaba al perro correr. También era habitual que compartieran mesa y mantel en esas famosas veladas del Fornos y del Café Imperial en la Puerta del Sol. Ambos compartían su afición por la vida noctámbula y Paco aunque no era bebedor, siempre estaba  dispuesto para acompañar al último de sus amigos a casa, aunque rechazando pernoctar y regresando a sus calles de un Madrid, testigo de todas sus hazañas.


Cartel de la Polka sobre Paco

Pero en realidad, lo que más le gustaba a Paco eran los toros. Se convirtió en un habitual de las corridas de toros de la época, cuando la plaza de toros estaba entre las calles de Goya y de Jorge Juan, en el barrio de Salamanca. De ahí viene por cierto, la tradición de los toreros de vestirse en el Hotel Wellington, ya que iban caminando desde el hotel a la plaza, y tras la corrida, de vuelta.

Los porteros de la plaza tampoco se oponían a que Paco accediera, incluso se le permitía acceder sin pasar por taquilla, como ya he dicho anteriormente, Paco era de todo el pueblo. Sus toreros preferidos eran Frascuelo y ‘Lagartijo’ aunque la devoción por el primero era especial. Cuentan las crónicas, que Paco esperaba en la puerta de la casa de Frascuelo, en Arenal 22, los días que toreaba para acompañar al torero en su paseo hasta el coso. Tras la corrida, Paco y Frascuelo compartían cena y juerga, y regresaba a altas horas de la madrugada hasta que tras dejar a Frascuelo en Arenal, regresaba como lo hacía cada noche a lo que él consideraba su casa, en una plaza de la antiguas cocheras de la calle Fuencarral.

Frascuelo y Lagartijo se llevaron a menudo a Paco en sus viajes de lidia por la geografía española. Siempre era agradable su compañía y más aún cuando Paco, tras las corridas, se lanzaba al ruedo para hacer unas cabriolas y deleitar al público con sus carreras y desmesuras. Las ovaciones era masivas y Paco participaba ladrando y agitando al público con más y más vueltas. Era una estrella y la gente lo adoraba.

El 21 de junio de 1882, Paco acudió a  los toros como tantas veces había hecho anteriormente. A pesar que no estaba entusiasmado, ya que acudía a ver una corrida de novilleros, para Paco, cualquier tarde en los toros era importante. Mientras el novillero José Fernández mal toreaba a su segundo astado de la tarde, la paciencia del público comenzó a evaporarse y le empezaron a pitar. El novillero, lejos de rematar la faena, fallaba una y otra vez con la estocada, hasta que Paco perdió la paciencia y saltó al ruedo para recriminarle su mala fortuna. Fernández, más nervioso ahora que antes, golpeó a Paco con su espada, con tan mala fortuna de provocarle una herida mortal. La ira del público de Madrid comenzó a levantarse como una manada de búfalos. La policía tuvo que proteger al novillero de la cólera de un pueblo, testigo directo del asesinato de su mascota, de la mascota de la ciudad, de la de todos. El novillero recibió tal paliza que por poco le cuesta la vida, pero la policía consiguió sacarle de la plaza a tiempo.

Felipe Ducazcal que estaba presente en la corrida acudió en su auxilio y trasladó a Paco a una clínica veterinaria, donde moriría a los pocos días.

La tristeza del pueblo de Madrid fue notable los meses siguientes a la muerte de Paco. En los periódicos se comentaba su triste final y se plasmaba su sitio para la historia de una ciudad que lo había hecho suyo, pero que le pertenecía a Paco tanto como a todos ellos. La gente hablaba de él en sus tertulias y en el Café de Fornos, el mismo que tantas veces le había visto comer, la gente se alborotaba alardeando de haber sido amigo de Paco.

Posteriormente, se cree que su cuerpo fue disecado y tras un breve periodo que estuvo expuesto en el Fornos y en un museo, se enterró en algún lugar del parque de El Retiro, que se desconoce.

Según el historiador Pedro de Répide, el mismísimo rey Alfonso XIII conocedor de la vida de Paco escribió un libro que se titulaba ‘Memorias autobiográficas de Don Paco’, demostrando según el cronista, que su majestad tenía una buenas dotes para la literatura. No se puede saber con exactitud porque no he conseguido encontrar ningún volumen de ese libro, pero sea leyenda o no, lo que si es cierto es que la Casa Real expresó su pésame por la muerte de Paco en un periódico de Madrid.

Y de esta forma, el perro que había hecho de las calles su escenario, y que supo hacer llorar a toda una ciudad, pasó a formar parte de una historia, donde caben buenos, malos, gordos, flacos y ¡como no!: perros y gatos.  Y es que en más de una ocasión, las mascotas nos han demostrado de lo que son capaces. Para despedirnos de nuestro protagonista, y en homenaje a todas ellas, recordaremos el poema que Lord Byron escribió en la tumba de su querido Boatswain, un perro de raza Terranova:

Aquí reposan,

los restos de una criatura

que fue bella sin vanidad,

fuerte sin insolencia,

valiente sin ferocidad,

y tuvo todas las virtudes del hombre

y ninguno de sus defectos.

Alfonso U. Hornedo

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