Biografías Extraordinarias I : Florence Foster Jenkins

Florence Foster Jenkins (1868 – 1944)


Pocas cosas dan más satisfacción al ser humano que estar convencido de hacer bien algo. Confianza y tranquilidad van de la mano cuando ejercitas esa virtud que te ha otorgado el destino, y sea o no cierto, lo que importa es la actitud.

Esta es la forma de ver la vida de Florence Foster Jenkins, una cantante de ópera americana, que demostró al mundo entero, que con la actitud y el convencimiento adecuado, no importa el resultado de un oficio, en este caso, el de cantante. Y es que si por algo fue famosa Florence Foster Jenkins, en los círculos de la música clásica del siglo XX, fue por sus malísimas cualidades para la interpretación. Y cualquier intento de comparación con algo normal es imposible. Desde muy temprana edad, la joven Jenkins recibió clases de música y canto. No tardó mucho en expresarle a sus padres su deseo de continuar sus clases de interpretación, enfocadas de una manera más profesional, aunque su padre, sabiendo de las cualidades musicales de su hija, rehusó el deseo de Florence y le prohibió continuar con sus estudios de música.

 Lejos de abandonar su sueño de ser una estrella de la canción, Florence decidió fugarse a Filadelfia junto al que después sería su marido, el médico Frank Jenkins, quien si no confiaba en el futuro musical de su joven amante, si sabía muy bien como disimular el tremendo sonido que su voz emitía al cantar.

 Y es que cuando alguien está convencido de poseer una cualidad, cualquiera le lleva la contraria. El caso es que Florence Foster Jenkins, hubiera tenido futuro en infinidad de campos, pero lo que es en música, hubiera sido no sólo arriesgado sino incluso temerario, el apostar por éste ángel de sonido irrisorio.

 Para poder ganarse la vida, Florence comenzó en Filadelfia a impartir clases de piano y como maestra en una escuela de la ciudad. Hasta su marido acabó por abandonarla, cuando a medida que pasaban los años, Florence sentía impetuosamente un deseo enorme por devorar los escenarios. No importaba lo que le decían sus padres, ni su marido ni sus amigos. Para ella, su voz era débil pero única, y tarde o temprano, si continuaba persiguiendo su sueño de ser una gran cantante de ópera, lo conseguiría.

 En 1909, la muerte del padre de Florence, supuso un antes y un después en su carrera musical, ya que por primera vez, dispondría del dinero suficiente para financiarse a si misma su futuro en la canción. Decidió entonces marcharse a Nueva York, capital musical de los Estados Unidos, y en donde Florence fundaría y financiaría la construcción de The Verdi Club, una organización dedicada por entero a promocionar y difundir nuevos talentos americanos por el mundo.

 Así comenzó la aventura musical de Jenkins, quien a pesar de no tener ni ritmo ni voz, consiguió debutar en 1912 en Manhattan, en un acto benéfico que ella misma financió. Tan sólo unos días después que el Titanic se hundiera en el fondo del mar, Florence dejó boquiabiertos a los asistentes de su debut, quienes no podían creerse que alguien cantara tan mal y se lo tomara tan en serio. De hecho, muchos hicieron esfuerzos sobrehumanos para no dejar escapar una carcajada de su boca. Aunque lo realmente sorprendente de Florence Foster Jenkins, estaba todavía por venir.

 Poco a poco, a medida que pasaban los meses y la Primera Guerra Mundial, Florence continuó su labor organizando actuaciones benéficas y recaudando fondos para ellas. Al ser la propia Jenkins la que organizaba las galas, ella se incluía en el cartel considerando que tenía todo el derecho del mundo para hacerlo. Lo que en un principio consistió en algunas galas benéficas donde prácticamente ella pagaba por participar en ellas, se estaba convirtiendo en un fenómeno musical que revolucionaría la concepción de la Ópera, o mejor dicho, de los cantantes de Ópera de principios del siglo pasado.

Con el paso de los años, Florence encontró su sitio en Manhattan. En cierto modo, la gente que la conocía, no intentaba cuestionar sus cualidades musicales. Florence estaba más que segura de su talento y ante esa obsesión, la razón pasa a ser un segundo elemento de no tan importancia. En los demás trabajos y profesiones de la vida en la actualidad, mejor que hagas bien tu trabajo, porque si no, vuela.

En 1928, Florence tuvo que afrontar la muerte de su madre, y único familiar que le quedaba vivo. Esta noticia, en vez de paliar su deseo de continuar con su difícil carrera, le dio la libertad que ella siempre deseó. A partir de este momento, su vida giraría por y para la Ópera.

El hecho que Jenkins, sólo ofreciera recitales privados, hizo de su figura algo tremendamente deseado, y aunque alguien poseyera una entrada para un recital suyo, sin su visto bueno, nadie ocupaba una butaca en el teatro. Los primeros en caer a sus pies fueron la alta burguesía de Manhattan, aunque grandes músicos como Enrico Caruso, no se perdían la gran cita de la diva arrítmica.  Además de ser un concierto privado, Florence exigía que cada espectador, pasara antes del recital por su suite del Hotel Seymur. Una vez allí, la propia Jenkins, advertía que sus entradas, eran tan sólo para la gente que realmente amara a la música. Si superabas la prueba de conseguir una entrada y posteriormente el visto bueno de Jenkins, estaba garantizado un buen rato de diversión y carcajada, sonido habitual del público de Florence.

 La puesta en escena era además una genialidad. Acompañando a la estrella, en el piano, el músico Cosmé McMoon no dejaba de poner caras raras y divertidas en las salidas de tono de Jenkins, que prácticamente, eran en todas las frases que cantaba. De este modo, el pianista se pasaba el recital intentando corregir con el piano los desafines y con sus cómicas caras distraer a un público, que lloraba de risa. Florence siempre se defendió de las carcajadas desde un convencimiento que provenían de las más sucia y vil envidia de colegas de profesión que se colaban entre los espectadores.

 En 1943, Florence sufrió un tremendo accidente en el taxi en el que viajaba. Su público y ella misma, temieron que nunca volvería a cantar sobre un escenario pero al recuperarse y volver a realizar ejercicios de canto, se dio cuenta que tras la recuperación, su voz podía alcanzar un tono todavía más alto. Lejos de denunciar al taxista, Florence le obsequió con una caja de puros habanos.

Y de esta manera, lo que un día fue una mujer con ningún sentido del ritmo y sin público, se había convertido en una estrella querida y admirada por todo aquel que la había visto. No importaba que fueran a ver a una mujer que parecía maullar. Su personaje, vestido de blanco y con unas alas blancas de ángel a la espalda, había conquistado Nueva York desde Brooklyn hasta Manhattan, y su recital anual en el Ritz Carlton, era el acontecimiento musical anual más esperado, del que hasta se necesitaba la intervención de la policía para lograr mantener el orden. Miles de personas se agolpaban en las puertas del Ritz, mientras algunos reventas, lograban hasta diez o veinte dólares por boletos que Jenkins vendía a dos dólares y medio. Era un fenómeno en todo su esplendor.

 El concierto del Ritz, además de ser de lo más exclusivo, era un evento en sí mismo para la ciudad. Sólo Florence, decidía quien podía y no podía asistir, y elaboraba la lista de los 800 afortunados, que tras abonar sus dos dólares y medio, se darían cita en la suite de Jenkins uno a uno. Desde luego, una atención que ya quisieran los seguidores de cualquier músico actual.

 Tras años y años de demanda popular, Florence decidió ofrecer un recital en el Carnegie Hall, donde se pondrían las entradas a la venta por los conductos normales.  Era el 25 de octubre de 1944 y Florence, con 76 años de edad, se iba a enfrentar por primera vez en su vida, a un público para ella nuevo, y a unos críticos musicales que por primera vez, tenían acceso a un concierto de esta famosísima cantante. Su sueño se había hecho realidad y a pesar de lo que pueda parecer, Florence estaba convencida de sus buenas cualidades. De hecho, siempre que la atacaban con comentarios sobre las carcajadas en sus recitales, ella contestaba la frase,- La gente podrá decir que no se cantar, pero nadie podrá decir que no canté.

 Para ese gran día, Florence preparó un repertorio impresionante. Sabía que podía ganarse a todo el mundo, y no se puso límites a la hora de elegir que entonar. Cuando comenzó cantando la Belle Song, los críticos comenzaron a pitarla y a gritarla cantidad de barbaridades. Sólo las carcajadas de los demás asistentes pudieron silenciar las delicias, que los expertos le aullaban.

Tras Belle Song y Carmen, Florence ataviada con su traje de alas blancas entonó la canción Clavelitos, momento en el que la risa de la gente, no permitía distinguir entre la voz de Florence y el de las mujeres que asistieron.

 Tan sólo una semana después, Florence Foster Jenkins fallecía de un ataque al corazón, en su suite del hotel Seymur, en Manhattan. Aparentemente, las críticas que sufrió Florence tras el recital del Carnegie Hall, fueron demasiado devastadoras para su salud. En el fondo, el comprobar que realmente era muy mala para la canción, fue muy duro para una mujer, que durante sus setenta y seis años de vida, la música era todo para ella El periódico World Telegram publicó el siguiente obituario tras su muerte: ‘Era sumamente feliz en su trabajo. Es una pena que tan pocos artistas lo sean. La alegría se transmitía como por arte de magia a los que la escuchaban.’

Florence Foster Jenkins murió sola. Al no tener ningún descendiente ni familiar, el consejo de The Verdi Club fue el único beneficiado de la herencia de Jenkins, quien a pesar de no recorrer el mundo de teatro en teatro, grabó y editó varios discos.

 El caso de esta mujer, animó a la gente de Nueva York para perseguir sus sueños, fueran los que fueran y sin importar las cualidades que uno tenga para conseguirlo. Se puede decir con total legitimidad, que Florence Foster Jenkins vivió su sueño americano sin salir de Manhattan claro, y mientras uno se reía de ella, Florence quizás sabiéndolo o quizás no, mantenía una pequeña sonrisa en su boca. Y así, de una forma u otra, Florence consiguió dedicar su vida a su gran pasión, la música.

 Alfonso U. Hornedo

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